La ola fundamentalista en la región

En estos últimos años, en América Latina ha habido avances en cuanto a los derechos de la diversidad sexual que han preparado el camino para logros similares en el resto del mundo. En lo que podría considerarse un "efecto dominó", también los países de la región influyeron unos sobre otros.

 

Los derechos de las parejas formadas por personas del mismo sexo fueron reconocidos por Argentina, Uruguay, Brasil y México a través de la figura del matrimonio, y en países como Chile, Venezuela, Colombia o Bolivia se observa una tendencia a reconocerlos bajo otros formatos. En Argentina y Uruguay se aprobaron leyes de identidad de género con un grado sin precedentes de respeto por la dignidad y la posibilidad de elegir de las personas, y hay leyes similares que se están discutiendo en Chile.

 

 

A nivel regional, América Latina ha sido la primera región fuera de Europa que reconoció los derechos a la no discriminación y a no ser sometid*s a violencia por orientación sexual, identidad y expresión de género mediante una serie de Resoluciones aprobadas por la Organización de Estados Americanos (OEA).

 

Estos logros han impulsado cambios fuera de la región. Los gobiernos de Países Bajos, Dinamarca y Malta invitaron a expert*s argentin*s en identidad de género para que los asesoraran en los procesos de reforma de sus leyes de identidad de género, de las que se logró eliminar las disposiciones que violaban los derechos de las personas trans a la integridad corporal y a la dignidad personal. Después de varios intentos frustrados, desde la década de los noventa, los estados latinoamericanos y sus aliados lograron por fin que el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas aprobara resoluciones sobre orientación sexual y derechos humanos.

 

La historia nos ha enseñado que ningún derecho queda garantizado para siempre. Los logros en América Latina fueron producto de una sinergia afortunada entre fuertes movimientos activistas que habían luchado durante años por esos derechos, sociedades que se habían tornado más abiertas en gran medida, gracias al trabajo de esos mismos movimientos —, y gobiernos dispuestos a enfrentarse a fuerzas poderosas como las iglesias católicas o evangélicas. Los factores de esta ecuación pueden cambiar en cualquier momento. Y en realidad, ya están cambiando.

 

Un papa carismático que sin embargo hizo campaña contra el matrimonio entre parejas del mismo sexo en Irlanda, a tono con su historia de haber convocado a la "guerra de dios" cuando se aprobó el matrimonio igualitario en su Argentina natal y él era arzobispo, sociedades que una vez satisfechas sus necesidades básicas se vuelven más conservadoras para conservar los bienes de los que ahora disponen, y gobiernos que sintonizan con ellas para no perder votos, así como la fuerza renovada que están adquiriendo los movimientos antiderechos son algunas de las señales que nos invitan a mirar el futuro con cautela.

 

En América Latina, los movimientos antiderechos vienen cobrando fuerza desde la década de los noventas, con un fuerte financiamiento de los Estados Unidos y del mundo empresario local. La ola de decisiones estatales que reconocieron derechos hace algunos años tal vez los haya tomado un poco por sorpresa, pero están recobrando su fuerza y su influencia. En la región, la derecha religiosa se ha aliado con la derecha política y neoliberal, y juntas están liderando movimientos opositores a los gobiernos de Argentina, Brasil, Venezuela, Bolivia o Ecuador. Gracias a "golpes de estado blandos", han tomado el poder en países como Paraguay u Honduras. Como ya dijéramos, a medida que las sociedades se vuelven más conservadoras, las y los líderes de la política siguen el mismo camino — ya sea porque cambian sus ideas o porque dentro de los distintos partidos o frentes quienes ocupan los principales lugares son las personas más conservadoras y no las progresistas. Algunos de los logros jurídicos alcanzados por los movimientos de la diversidad sexual en la región y que nos enorgullecen a tod*s tal vez no serían fáciles de alcanzar hoy en día.

 

Para hacer frente a este contexto que solo se va complicar cada vez más, l*s activistas LGBT necesitamos determinación, recursos financieros y capacidades. La determinación nunca es un problema, pero donde tal vez podamos fallar es en nuestra lectura del contexto.

 

Los recursos financieros sí son un problema, ya que la atención de las y los donantes está concentrada en otras regiones porque piensan que no hay necesidad de invertir en América Latina. Esta es una idea errónea, y también peligrosa, al menos por dos razones. La primera es que el cambio social es un proceso que requiere de un tiempo que excede en mucho al de la aprobación de una ley. En Argentina, que tiene algunas de las leyes sobre diversidad sexual más progresistas del mundo, por lo menos dos adolescentes se suicidaron en los últimos seis meses por ser lesbianas. Esto nos muestra que, aun con el entorno jurídico más favorable, desmantelar la homo/lesbo/transfobia lleva generaciones y exige un trabajo cotidiano, experto y comprometido por parte de activistas y sus aliad*s. La segunda razón es que la reacción conservadora es una realidad siempre presente: los retrocesos dramáticos en cuanto a derechos sexuales y reproductivos que estamos viendo desde hace un tiempo en Europa Oriental y Central (dos regiones de las que las agencias donantes se retiraron cuando pensaron que ya se había logrado la democratización y la igualdad) son un triste recordatorio de esta amenaza.

 

Y, por último, las capacidades. Los movimientos de la diversidad sexual no están preparados para enfrentarse a una oposición antiderechos que tiene alcance regional, un alto grado de organización y fondos más que suficientes para operar. Much*s activistas tienen pasión, compromiso e historias contundentes para contar, pero también vienen de contextos marginales, históricamente excluidos que l*s privan de los recursos necesarios para ser eficientes en los espacios públicos. La confianza en sí mism*s es algo que a las personas privilegiadas les surge "espontáneamente", pero que todas las demás necesitamos construir, y eso lleva tiempo además de recursos. Para construir y mejorar la confianza en sí mism*s y la eficiencia de l*s activistas LGBT en cuanto a enfrentar a los movimientos antiderechos es necesario aprender más sobre derechos humanos, sistemas regionales e internacionales de protección, perspectivas no fundamentalistas acerca de la fe, oratoria y debate, documentación de violaciones a los derechos humanos, cómo construir argumentos basados en derechos y también movimientos y organizaciones fuertes. Estas necesidades se agudizan en el caso de las personas trans, las lesbianas y tod*s aquell*s que pertenecen a grupos étnicos, socioeconómicos o culturales históricamente marginados.

 

Todo aprendizaje es un proceso de cambio y por eso lleva tiempo. Un solo taller o una sola reunión para pensar estrategias nunca será suficiente para construir un activismo fuerte y capaz. Lo que se necesita es un proceso que incluya una variedad de herramientas pedagógicas — presenciales y virtuales — que sean lo suficientemente flexibles como para responder a los distintos contextos de la región e incluso dentro de cada país, y también que se apoyen en las experiencias vividas para analizarlas y aprender de ellas.

 

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